Capitulo 11: No es un adiós, sino un hasta luego
Era un
nuevo despertar, era como si hubiera nacido de nuevo. Su cuerpo se sentía lleno
de placer y un constante calor que no se iba a ir nunca, pues en esa noche eran
solo ellos, su despedida, una nueva forma de verse a los dos de poder llorar y
soltar lagrimas sin dejar de sentir el fuerte e irrompible lazo que los unía
frente a cualquier reto, cualquier aventura incluso frente a una soledad que
estaba acercándose para cuando amaneciera. Ambos deseaban que aquella noche
fuera eterna, que nunca tuvieran que despedirse. Isaac contemplaba a Eliza como
si estuviera descubriendo algo nunca antes visto. Un ser delicado, lleno de
brillo incandescente, con sentimientos tan claros y puros como su alma que tan
deslumbrante era que irradiaba una personalidad encantadora. Ella era la única
que cautivo su corazón, la única que le hacía sentirse vivo en su interior. Era
su ángel, su ángel de la guarda con la cual esperaba pasar cada instante de su
vida alejado de los problemas de aquellos egoístas y buenos para nada que dominan
a la gente y que hace que en ella despierto un temor insufrible, que nunca se
acaba hasta que Dios lo decide.
Isaac lo
creyó perdido todo, la fe en Dios, la esperanza, la alegría que hacía que su
corazón palpitara eufóricamente, incluso el amor. Pero Eliza, le había
demostrado lo contrario. Al tomar su mano y al sentir su cuerpo tibio y como al
besarle parecía flotar y volar sin que nadie los detuviera y les pusiera
limites, como al igual lo era su amor hacia ella, todo regresaba a él de forma
tan repentina que le incredulidad era imposible de evitar. Por ella era capaz,
con tal de verla sonreír y ver aquel rostro sin ninguna expresión de tristeza,
soledad, angustia y abandono, sino como una obra de arte solo para él, porque
sus sonrisas eran para él lo que le hacía levantarse en las mañanas. El solo
verla como el ser más dichoso, completo en lo que se refiere a la alegría,
tranquilidad, paz y placer en lo que se refiere a vivir cada día sin importar
los problemas que se crucen era suficiente para él. Verla volar completamente
libre de las cadenas que por alguna razón el destino le impuso y a la vez ella
misma y los causantes de la desgracia que la atormentaba se las forzaba cada
día, el que pudiera volar en el cielo azul tan brillante y sin igual como su
personalidad era más que suficiente para él, aunque tuviera que contemplarla
desde el paraíso.
Miro a
Eliza que apoyada estaba en su pecho y con sus ojos perdidos miraba hacia la
nada, pero él sabía que miraban más que las otras personas. Ella veía el interior
de cada ser humano. Con ella uno podía sentir que realmente existía, porque te hacía
sentir vivo y no como la realidad te hace sentir muerto por dentro ya que todo
gira en torno a frivolidades que terminan por hacernos cavar nuestra propia
tumba al no tener a nadie a quien abrir nuestro corazón y decir las verdades
que lo acongojan quizás desde hace cuanto tiempo. Esto, aunque este a
discusión, es más importante que una belleza que los seres humanos admiran,
pero que más allá de eso no pueden sentirla. Si esta belleza estuviera en la
persona correcta, que según Isaac seria,
Eliza. Esta posee una belleza esplendorosa y únicamente tentadora e inocente,
con una profundidad en todas sus características que los seres humanos podrían
pensar que se ve solamente en los cuentos de hadas, pero que existen en la
realidad, pero son muy difíciles de encontrar como la mayoría de otras cosas en
la vida. Pero cuando la belleza está en una persona fría, que nada especial
tiene en su interior, la belleza es lo único que le es de valor, más sin
embargo cuando se pierde esta, que terrible es su agonía, pues lo ha perdido
todo, incluso las ganas de vivir, gracias al vacio total que quedo en ella.
No
cambies nunca, mi vida, mi melodía irreal, mi razón de vivir.
Le
susurro con cariño y ternura. Eliza sintió como su corazón le exigía responder.
Todo lo que sentía por aquel hombre que la amaba a pesar de todo. Aquel
sentimiento de pesar cuando ella pensaba que él no ver nunca más iba a ser un
impedimento para su felicidad, desapareció al darse cuenta de que quien te ama
de verdad, te quiere tal y como eres y es que Isaac hizo eso y mucho más. Un
ser divino solo para ella, pero que aun así temía perder. Lo amaba con tanta
fuerza que parecía un sueño.
Esta
noche le parecía un sueño, un sueño en el cual deseaba que durara eternamente.
Por primera vez Eliza se alegro de no poder ver ya que no vería el amanecer, lo
cual significaría la soledad y la tristeza asomándose nuevamente por su cielo
despejado que ella creyo ahuyentar para siempre, dándose cuenta de que en este
mundo al menos nada lo es. Eso vendría después. Ahora solo quería estar con él,
disfrutar de él, sentirlo, oírlo y besarle para nunca más dejar de hacerlo
antes de que su fantasía tocara el suelo: la realidad.
Apoyando
su mentón en el pecho de él y tomándolo de la mano le dijo.
Tuya soy,
mi corazón también. No volaría a ninguna parte de ti mi ángel de la guarda.
Esperare la libertad y la felicidad completa recordándote y siendo fuerte y
valiente como tú. Entonces solo cuando tomes mi mano, sobre que todo ha
terminado y entonces si habrá un felices para siempre.
El la
miro sonriendo con dulzura y con ojos brillantes.
Siempre
estaré contigo. Jamás me ir. Soñaré contigo, en tus sueños estaré y tu corazón
nunca dejare. Aunque nos separe la distancia te sentiré tan cerca y el sabor de
tus labios será imposible derrotarlo. Tú serás la única para mí.
Eliza
sonrió con lágrimas en los ojos. Se puso encima de él y rozándole la cara con
su pelo y tocándose las narices le dijo rozándole los labios.
Te amo
Y yo
también.
Le dijo
serio, pero lleno de un amor palpitante, como perdido en una fantasía llena de
colores claros y dulces. Se besaron y se entregaron una vez más, creando sin
saber un porvenir nuevo para los dos. Cuando llego la luz, esta parecía
compadecerse y dejar que aquellas almas vulnerables totalmente entera al otro
siguiera en su sueño, que querían continuar toda su existencia.
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