Capitulo 18: En el territorio enemigo
Habían
pasado a otra dimensión, a otra vida otro mundo que estuvo presente todos esos
años y que aterrorizaba hasta el más valiente. Era como estar en un lugar
húmedo, espantosamente oscuro y deprimente lleno de muerte y con la esencia del
miedo y el terror en el aire como un modo de advertencia y a la vez como de
reconocimiento. En mi opinión si hablamos de infierno y sé que varios van a
estar de acuerdo conmigo los campos de concentración es uno de los tantos que
crea el ser humano para torturar cruelmente tanto a sí mismo como a inocentes.
Johan sintió que esta atmosfera se le clavaba en el pecho y hacia que una
sensación frio le hiciera doler la cabeza. Era como embestirse a un gran
gigante, sin mucha ayuda, pero con la intención de ganar y dar todo, incluso si
pierdes tu vida. No le importaría que terminara como una tragedia griega, Elena
y su hija no pagarían el precio de ello. Eliza estaba quieta tratando de que no
saliera a la luz el pavor que le provocaba aquel ambienta venenoso y mortal. Se
sentía apretada y con el pecho
retorcido. Apretaba las manos, hiriéndose con las uñas y no paraba de temblar
los pies. Estaba pálida como el mármol. Por un momento sentía que aquella ola
la vencería, pero al igual que Johan pelearía, a pesar de que durara un minuto.
Cuando se detuvo el coche entre un montón de matorrales, Johan se quedo aún con
las manos en el volante y con la rente apoyada en el. Eliza y el parecían uno
ahora cada uno con los mismos pensamientos, miedos y decisiones.
Si no
salimos con vida, tendremos el placer de ver felices a los demás, ese a mi me
basta y me sobra.
Dijo de
repente como un susurro. Eliza trago saliva y asintió.
De alguna
manera creo que esta sentencia la tienen todos los que aman a alguien. Los que
tienen el corazón valiente sufren por lo que se atreven y por lo que pierden.
Creo que me encuentro preparada, pero no para decirles adiós.
Dijo al
final con la voz temblorosa. Johan le tomo la mano y le dijo.
Entonces
no nos rindamos. No me importa terminar ciego, o sin poder caminar, con tal de
vivir la vida en plenitud junto con mis seres queridos es todo para mí.
Eliza se
seco las lágrimas y dijo.
Yo ya
ciega estoy, si me quieren quitar otra cosa adelante, pero a ellos no los tocan.
Ambos se
apoyaron apretándose las manos como si también fuera de buena suerte y una
despedida. Se abrazaron y Johan le dijo.
Es hora.
Eliza
apretó los labios y se fue para atrás del camión. El rescate comenzaría y ella
era la principal pieza para lograr el éxito. Johan bajo y se arrodillo en el
piso que estaba lleno de lodo. Estaba empezando a lloviznar y podía saborear un
sabor de expectación y angustia. Sacudió la cabeza y se dirigió a la puerta
trasera del camión. Miro a ambos lados vigilando que no hubiera nadie.
Cuidadosamente toco la puerta y En dos minutos, salió un soldado. Johan le hizo
agacharse y cuidando de no hacer ruido y de que no se notara su presencia
llegaron a una de los lados del muro. Johan dejo al soldado en un rincón y
subió hasta donde estaban los alambres. Tratando de respirar normal y controlar
el temblor en sus manos, empezó a cortarlos con gran habilidad. Una vez hecho,
bajo y tomo al soldado de la mano y lo subió a sus hombros. Este se subió al
muro y tomando un gran respiro salto al otro lado. Johan se quedo mirándolo y
dijo con un tono de angustia contenida, pero de buenos deseos y esperanzas.
Buena
suerte cuñada.
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